Coronavirus: después del “Día D”

Joaquín Asensio
Economista
Ex Subdirector General en el Puerto de Barcelona

Desde que se inició el confinamiento parece que esté viviendo en un mundo irreal: las calles vacías vigiladas por los cuerpos armados, la gente confinada en sus domicilios, noticias monotemáticas, continuas estadísticas de contagios y muertos, etc. Tengo la sensación de encontrarme dentro de una serie de Netflix, de esas en las que, después de una gran catástrofe, la sociedad transcurre en un mundo de ficción y que, en un momento, apagaré la tele y volveré otra vez al mundo real ordinario de siempre. Pero esto es solo un deseo, las cosas no serán igual después de la pandemia. No se si ustedes tienen la misma sensación.

Aunque cada vez menos gente nos atribuye a los economistas el “poder de la adivinanza”, hay que decirlo, por los grandes errores cometidos por los colegas que se han internado en ese campo. La función de los economistas no está en el ámbito de predecir lo que va a pasar. La aportación de éstos, cuando opinan sobre el futuro, se debe centrar en el análisis y exposición de potenciales escenarios de evolución de las magnitudes económicas, advertir sobre los riesgos de estos escenarios y, en la altura de sus posibilidades, proponer medidas para mitigar los efectos negativos. No se trata de adivinar lo que pasará, eso no lo sabe nadie. Hay excesivas variables políticas, sociales, ambientales, tecnológicas, etc., que afectan a la evolución de la economía y pueden alterar cualquier pronóstico. Como prueba: la crisis del coronavirus, que es un hecho de naturaleza no económica y que ha dado al traste con todas las previsiones económicas previas.

Una vez establecidas estas premisas, cabe reflexionar sobre los escenarios posibles que se pueden presentar al final de la crisis sanitaria. Qué mundo nos vamos a encontrar cuando termine el estado de alarma, las medidas de confinamiento se levanten y debamos acudir todos a nuestra labor “rutinaria” anterior.  Es el “Día D”.

La primera conclusión es que, sin lugar a dudas, va a ser un mundo diferente desde un punto de vista de las relaciones sociales, económicas, productivas y de gobernanza. Sobre la profundidad de estos cambios es todavía muy prematuro extraer deducciones, pero es constatable históricamente que el mundo cambia mediante las crisis, no siempre para mejor, claro. De cada crisis se extraen enseñanzas, a pesar de que hay siempre algunos grupos de poder interesados en que esa “experiencia social” no afecte al sistema de poderes preexistente. Recordando la última crisis, en el punto álgido de su expresión, se oían voces de líderes políticos de primer nivel diciendo que había que refundar el sistema financiero internacional. Hay que señalar, después de transcurridos más de diez años, que ha habido algunos cambios en este sistema, pero ninguno que afecte a sus fundamentos, solo ajustes técnicos.

Durante el periodo de confinamiento se ha producido una reducción artificial de la oferta y demanda de bienes y servicios. Se mantiene una economía, en términos médicos, “en coma”, solo funciona la provisión y suministro de los servicios y bienes básicos para la subsistencia y seguridad de los ciudadanos. El objeto es mantener las “constantes vitales” de la economía. El resto de la producción de bienes y servicios ha desaparecido, es decir: la economía se ha parado.

Describir los cambios sociales después del “Día D”, supera las competencias de este humilde servidor y está, por mi parte, en el mundo de la “tierra incógnita”. Aunque se pueden percibir, como mínimo, cambios en las pautas de trabajo, se está cursando un master acelerado en teletrabajo; en la utilización del transporte, se constata la innecesaridad de algunos desplazamientos laborales; en las políticas de aprovisionamiento de las empresas, diversificación internacional; en las pautas de socialización, la relación, el contacto entre las personas y los sistemas educativos; en la valorización de los bienes y servicios públicos, como la sanidad, etc.; y, sobre todo, en la toma de consciencia colectiva de que estamos en un mundo global, pero muy frágil, lo que puede acelerar la preocupación por el medio ambiente y las potenciales catástrofes.

El resultado final de estos cambios estructurales dependerá del coste de esta crisis en términos humanos, sociales, económicos e institucionales. En la parte institucional es fundamental la percepción de la ciudadanía respecto a la actuación de sus líderes políticos y sociales en la solución de esta tragedia. Esta ciudadanía pueda interpretar que sus instituciones han estado a la altura exigida para una crisis de esta naturaleza, o lo contrario. Todo esto podría dar para otro artículo completo, me centraré a partir de aquí solamente en los temas económicos.

Los efectos económicos de la pandemia van a depender, a mi entender, de dos factores principales. El primero, la duración del proceso de confinamiento y la intensidad de la inactividad; como decía en un anterior artículo, cuan más largo sea en el tiempo más negativamente afectará a la economía. El segundo, como percibirán los ciudadanos sus expectativas futuras tras el “Día D”.

Hay que tener en cuenta que estos ciudadanos, por el lado de la oferta de bienes y servicios, son trabajadores, empresarios, jubilados, rentistas, etc., y por la parte de la demanda son consumidores. En función de como perciban la estabilidad y certidumbre de sus ingresos futuros van a mantener sus pautas de consumo. Sobre las pautas de consumo de los ciudadanos se basa una parte fundamental de la demanda interna de la economía.

Durante el periodo de confinamiento se ha producido una reducción artificial de la oferta y demanda de bienes y servicios. Se mantiene una economía, en términos médicos, “en coma”, solo funciona la provisión y suministro de los servicios y bienes básicos para la subsistencia y seguridad de los ciudadanos. El objeto es mantener las “constantes vitales” de la economía. El resto de la producción de bienes y servicios ha desaparecido, es decir: la economía se ha parado.

Un profesor de la facultad nos comentaba que la economía era como ir en bicicleta: “una vez paras te caes y cuesta mucho levantarte”. El Gobierno para mantener la economía en la “UCI” ha tenido que desplegar una serie de medidas como los ERTEs, para pagar parte de los salarios de las empresas inactivas, las ayudas a los autónomos, la demora en el pago de hipotecas, aplazamiento de impuestos, etc. Son medidas transitorias hasta el “Día D”, pero todavía no ha anunciado las medidas a adoptar para después de ese día.

Cuando se han producido situaciones parecidas en la historia, quien ha asumido el papel de levantar la economía ha sido el sector público, mediante la aplicación de las dos armas básicas de que dispone: la política fiscal y la política monetaria. En el momento actual los “cargadores” de dichas armas están vacíos. En cuanto a la política fiscal, los presupuestos públicos son deficitarios y los estados, mayoritariamente, están en niveles máximos de endeudamiento, todo ello sin contar con el gasto extraordinario derivado de la pandemia. En cuanto a la política monetaria estamos en el periodo de mayor expansión monetaria de la historia, con tipos de interés negativos, inimaginables hace unos años. Como vemos, el margen para aplicar estas medidas es muy limitado.

Con este bajo margen de actuación, es imprescindible acertar con las medidas adecuadas si no se quieren dilapidar los pocos recursos disponibles. Para establecer estas medidas es fundamental saber cual es el objetivo a conseguir y como van a reaccionar los agentes económicos ante estas medidas. El objetivo que se debería proponer el Gobierno, a mi modo de ver, es claro, no debe ser otro que el de recuperar la demanda interna, la externa dependerá de otros parámetros que comentaremos posteriormente.

Debido a las limitaciones expuestas del sector público, es necesario analizar cual va a ser el comportamiento del sector privado. A efectos de este artículo, en el sector privado se pueden distinguir dos agentes económicos: las empresas y las familias. Es fundamental reflexionar sobre las incertidumbres que atañen a estos dos agentes económicos para después del “Día D”. Las empresas, seguramente, se preguntan si tendrán viabilidad económica en el medio plazo sin necesidad de ajustar su estructura (reducción de costes salariales). Las familias se preguntan si van a ir al paro y/o si sus ingresos futuros se van a reducir sustancialmente. La incertidumbre en estas decisiones es la que contribuye a la espiral recesiva de la economía: las empresas realizan ajustes laborales, las familias dejan de consumir, bajan los ingresos de las empresas y continúan realizando ajustes laborales, las familias dejan de consumir, etc., etc., etc.

Las medidas que debe establecer el gobierno han de estar dirigidas a reducir, al máximo posible, la incertidumbre. Algunas de las que ha comunicado el gobierno español, como la prohibición del despido hasta el “Día D”, el posible establecimiento de una renta mínima, las líneas de apoyo a las empresas, van en el buen sentido, pero solo sirven para amortiguar algo el impacto de la futura recesión.

Todas las medidas que establezca el gobierno, por muy acertadas que sean, serán insuficientes. Esto es debido a que para incentivar el consumo es necesario que haya confianza. El gobierno no puede trasladar esa confianza a los ciudadanos debido a que la recesión, post “Día D”, no puede controlarla ya que será una recesión mundial y no local. Por eso, es imprescindible que la solución se contemple a escala global. Para ello, creo que es fundamental que las medidas locales estén amparadas, en el campo internacional, por las siguientes medidas, entre otras:

  1. En el ámbito institucional, la necesaria coordinación de las políticas económicas de todos los organismos internacionales, bancos centrales y gobiernos, como mínimo de los países industrializados, bajo criterios de cooperación y solidaridad. Las actuaciones coordinadas de éstos deberían realizarse bajo el lema de “soluciones globales para problemas globales”. En particular se deberían establecer políticas para facilitar y fomentar el comercio internacional y, en la medida que se supere la crisis sanitaria, la movilidad de las personas.
  2. En el ámbito institucional de la UE, el establecimiento de un plan de choque específico para esta crisis, con aportaciones reales y no teóricas y un compromiso de sus miembros de actuar solidaria y conjuntamente. Sindicando, como mínimo, la deuda que se origine por este plan. Dejarse ya de especulaciones e implantar directamente la tasa “Tobin” y el impuesto específico para las grandes empresas tecnológicas para la financiación de los presupuestos públicos.
  3. En el ámbito de las empresas, una acción coordinada solidaria de los grandes grupos empresariales y multinacionales dirigida a priorizar que los ajustes se realicen sobre sus beneficios empresariales y no sobre los costes laborales. Para incentivar esta acción podría ser conveniente que los gobiernos aprobaran coordinadamente una modificación del impuesto sobre sociedades, basada en que los costes de los despidos no sean deducibles en el ejercicio que se aplican, sino que se imputen en varios años y el establecimiento de un tipo impositivo progresivo, correlacionado con la reducción de plantilla.
  4. En el ámbito de los ciudadanos, que castiguen a los gobiernos egoístas mediante su voto y a las empresas insolidarias mediante el consumo.

Mis expectativas sobre la aplicación de estas medidas están recogidas en la literatura popular. En el caso del ámbito institucional rige el refrán de “no le pidas peras al olmo”; en el ámbito empresarial la “fábula de la rana y el escorpión” y en el ámbito de los ciudadanos simplemente es una utopía.

Hay situaciones en las que me arrepiento de no ser creyente, ya que cuando la razón no me permite dar expectativas optimistas, por lo menos, me quedaría la fe.

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