Coronavirus: ¿Qué mundo nos encontraremos?

Joaquín Asensio
Economista
Ex Subdirector General en el Puerto de Barcelona

Recientemente hesido abuelo. Una niña preciosa que, con perdón para el resto de abuelos, es lamás bonita del mundo. Ayer pensaba que cuando mi nieta sea mayor y me preguntepor los momentos históricos en los que he vivido, seguramente, entre otros, lehablaré de la crisis actual. Nos encontramos, sin duda, en un momentohistórico, en un tiempo que indudablemente se recordará y que, ahora, todavía,no conocemos sus consecuencias.

Me gustaría que,cuando tenga esta conversación, pueda decirle a mi nieta que vivimos en unmundo mejor. Hayamos construido una sociedad mucho más justa, solidaria,democrática y respetuosa con los derechos humanos y el medio ambiente. Peroesto es solo un deseo.

Si observamos losefectos de la anterior crisis, la que va desde el año 2008 al 2014, no pareceque estemos en una situación mejor que el periodo precedente. Como consecuenciade dicha crisis se produjo una profunda destrucción de empleo y la reduccióndel nivel de vida de una gran parte de los ciudadanos. En lugar de construiruna sociedad más justa y solidaria, se ha puesto en cuestión nuestro sistema delestado del bienestar, se ha fomentado el odio hacia los emigrantes, se haproducido un retroceso de derechos democráticos en algunos países, se ha dadolugar al ascenso de partidos xenófobos y de extrema derecha a ámbitos de poder,se ha prodigado en los países desarrollados el “sálvense quien pueda” con sumáximo exponente en el “America first” en EE UU y, sobre todo, se hanincrementado las desigualdades, como es reconocido en todos los foroseconómicos. No se puede decir que dicha crisis nos ha hecho mejores. Comomuestra: la generación actual tiene peor nivel de vida y más incertidumbre ensu puesto de trabajo que la de sus padres. Deberemos estar vigilantes para quelos efectos de la crisis actual del coronavirus no comporten, en el medio ylargo plazo, un deterioro todavía mayor de nuestro nivel de vida y de losvalores que sustentan nuestra sociedad.

La tradicióncristiana de las sociedades occidentales mantiene la idea de que “hay quesufrir en esta vida para después llegar al Cielo”. La idea de que con elsufrimiento seremos mejores. Pero sobre esto no hay ninguna evidenciacientífica. Todo lo contrario, si aplicamos esta teoría a todas las grandescrisis del mundo, que han derivado en guerras o grandes genocidios, hay muchaspruebas de que en numerosas veces han surgido sociedades peores. Cuando laperspectiva es a muy largo plazo, cuando contamos por siglos, la evolución dela Humanidad ha sido generalmente positiva, pero este progreso ha comportadomuchas víctimas y mucho sufrimiento.

Llegados a este punto, cabría preguntarse qué mundo nos espera con posterioridad a esta crisis. Como será el futuro de la sociedad que se derivará de estos sucesos. La respuesta a esta pregunta se puede contemplar desde diferentes visiones: la posible, la deseable y la probable.

La perspectiva delo posible abarca un conjunto de escenarios muy amplios que van desde el mejorhasta el peor. Por ejemplo, es posible que tras la crisis se construya unaconsciencia colectiva de solidaridad que hiciera desaparecer la pobreza. Es un escenarioposible pero muy poco probable. Respecto a la perspectiva de lo deseable, sinduda, podemos pensar que una inmensa mayoría de los ciudadanos les gustaría unmundo sin pobreza. Entonces, ¿si en los países occidentales vivimos endemocracias, en las que a la mayoría de sus ciudadanos les gustaría queexistiera un mundo sin pobreza, por qué no lo conseguimos?. La respuesta es muyclara: “Entre el deseo y la acción hay muy largo trecho”. Este trecho dependede la escala de valores de la sociedad y a que está dispuesta a renunciar paraconseguir algo.

En la perspectivade lo probable. Qué mundo probablemente nos vamos a encontrar con posterioridada la crisis. Va a depender de la acción que ejerzan los ciudadanos paraproteger sus derechos y mantener su nivel de vida. Si no lo hacen, otros lo vana hacer: los de siempre, los que toman las decisiones en beneficio de laacumulación del poder y la riqueza. Si la gente no se implica en dirigir elcambio y no es exigente en el mantenimiento y mejora de sus derechos, se va aencontrar, con seguridad, en un mundo mucho peor. Si existe esa voluntad de mejorarla sociedad, hay que decidir democráticamente en qué dirección deben orientarselos cambios.

Comentando anterioresartículos, un amigo, Pere Casanoves, me envió un wathsapp, en el que me decíaque, a pesar de los problemas sociales y económicos tan patentes que seproducirán por la crisis de la pandemia, “notaba la ausencia de un movimientopolítico, económico y social que avale una propuesta de cambio radical denuestra forma de vivir. Con posterioridad a la crisis, surgirán cuestiones queno tienen respuesta y sería conveniente que algunos comenzáramos a pensar enlas soluciones”. En esta línea, compartimos algunos puntos en los que deberíair la dirección de los cambios, que puede constituir un lugar de partida paraempezar a reflexionar. Señalo a continuación algunas de las preguntas quedeberíamos formularnos:

  • ¿Debemos considerar que estamos en un mundo global, que los problemas de los países pobres también nos atañen, que las crisis, cuando no ocurren en occidente también son crisis, y nos tenemos que preocupar de igual manera?
  • ¿Debemos poner fin a los paraísos fiscales y coordinar la actuación tributaria de todos los países, como mínimo de Europa, frenando el establecimiento “fraudulento” de empresas para evitar el pago de impuestos?
  • ¿Debemos modificar el sistema bancario, las inversiones poco transparentes y regular la especulación bursátil cuando realiza un abuso de los movimientos de capitales especulativos, que no tienen relación con los fundamentos reales de las empresas y perjudican a la economía en general?
  • ¿Debemos destinar la tecnología, los sistemas de inteligencia artificial, la mejora de las telecomunicaciones, para mejorar el nivel de vida de las personas? Es decir: modificar la jornada laboral, disponer de más tiempo libre, implantar sistemas de teletrabajo, reducir los desplazamientos; todo ello para hacer posible la conciliación familiar, la atención a los hijos, favoreciendo jornadas más reducidas y dando posibilidades a que los jóvenes accedan a nuevos puestos de trabajo.
  • ¿Debemos volver a la producción local de los bienes básicos y estratégicos y recuperarla de los países cuya única ventaja es la de tener unos salarios más bajos, sin ningún tipo de protección social ni derechos laborales, donde la sindicación está perseguida y donde no existe una preocupación por la protección del medio ambiente?
  • ¿Debemos proteger el sistema público de provisión de bienes y servicios públicos fundamentales: sanidad, educación, asistencia social, cultura, etc.?
  • ¿Debemos favorecer la producción de “Km cero”, mediante un consumo más próximo vinculado al territorio, que implique la reducción de los desplazamientos de mercancías, favorezca a los productores locales y reduzca el impacto en el medio ambiente?
  • ¿Debemos actuar sobre el turismo sin control, que altera las formas de vida tradicionales, favorece la contaminación del medio ambiente y transforma la vida de las ciudades y los espacios naturales?
  • ¿Debemos anteponer la defensa del medio ambiente a los intereses privados de las grandes corporaciones, reducir los efectos del cambio climático, cambiar los hábitos de consumo, de transporte y del uso de los recursos naturales?
  • ¿Debemos romper el bloqueo de los poderosos estados de Europa para ser capaces de ceder soberanía a las instituciones europeas e ir hacia una Europa Federal de verdad?
  • ¿Debemos disponer de unos medios de comunicación plurales, transparentes, objetivos, no sujetos a intereses económicos y políticos, que den una información veraz, independiente, profesional y contrastada?
  • ¿Debemos cambiar el sistema de elección de nuestros dirigentes políticos, cuando surgen algunos peligrosos, ausentes de escrúpulos y a las órdenes de grandes corporaciones, que utilizan sus cargos como “puertas giratorias”? Hay muchos ejemplos en el mundo.
  • ¿Debemos desmantelar los arsenales nucleares y militares y destinar estos recursos a la satisfacción de las necesidades de las personas y favorecer que las relaciones internacionales se establezcan bajo criterios de justicia internacional, pacíficos y no de amenazas?
  • ¿Debemos creer que estamos en una sociedad madura, donde los ciudadanos pueden opinar sobre todo lo que les atañe, que participan activamente en la política y a los que se les consulta los temas relevantes? ¿Que la implicación de la ciudadanía en la política sea considerada por los partidos políticos como un valor y no como un problema?

Seguramente sepensará que tratar estas cuestiones es una utopía y que no está cuerdo quienquiera abarcarlas. Creo que es así. La mayoría de las preguntas tienen respuestascomplejas, dar una respuesta coherente a las mismas entraría en el campo de laciencia ficción. Pero en el caso de que las respuestas correspondan a nuestrofuturo deseable, si ese futuro es el que se fundamenta en nuestros valores, esel que quisiéramos compartir con nuestros hijos y con nuestros nietos, vale lapena recordar el poema de Joan Brossa, que durante estos días de confinamientouna amiga me hizo llegar, titulado “La gent no s’adona del poder que té…” (“La gente no sabe el poder que tiene…”), (recomendable la versión musicada deMaria Arnal). En, definitiva, la gente puede cambiar las cosas. En un sistemademocrático debe ser todavía mucho más válida esta expresión. Pero para que lagente pueda cambiar las cosas ha de tener voluntad en implicarse en ello, nodebe pensar que otros lo harán. Es decir: hay que involucrase. No se trata dehacer una revolución ¿O quizás sí? Lo importante es que la ciudadanía estédecidida a luchar por mantener sus derechos y exigir un mundo mejor para ella ylas generaciones futuras. Que no está dispuesta a salir de esta crisis máspobre, en un mundo más desigual e injusto. Ni está dispuesta a perder sus derechos,libertades y valores democráticos.