Homo-plastic

Rafa Martín
Exconsultor en Aprendizaje
motomorfosis.es

Una botella de plástico tarda unos 500 años en descomponerse. Una media de 8 millones de toneladas de plástico se vierte cada año a los océanos, más o menos un camión de basura lleno de plásticos cada minuto. Cada español consume una media anual de 102 kg de plástico. No hay duda, vivimos en la era del plástico, y todo indica que la cosa irá a peor. Según un informe del WWF (World Wildlife Fund), la producción y la contaminación por plásticos se duplicará en el 2040 y se cuadruplicará para el año 2050.

No solo los mares están saturados de plástico, también está en el aire, en nuestros pulmones y en nuestro torrente sanguíneo, así lo constataban científicos británicos en un artículo de la prestigiosa revista Science of the Total Environment. La producción de plástico supera ya los 400 millones de toneladas/año en todo el mundo mundial. Los microplásticos terrestres, que no parecen contar con tanta atención mediática, son mucho más numerosos que los acuáticos y se concentran en los suelos destinados a la agricultura. España, tras China, es el segundo país del mundo en superficie agrícola y emplea más de 220.000 toneladas anuales de plásticos en la actividad agrícola y ganadera.

La industria del plástico, que es responsable de más del 30% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero, empezó en EE UU, en 1860, cuando se ofreció un gran premio en metálico a quien pudiera sustituir el marfil que se utilizaba para fabricar las bolas de billar y ganó la baquelita. Y así, de carambola en carambola, en apenas 200 años, el plástico ha conquistado todos los rincones de la Tierra. Prácticamente no hay utilidad o aplicación industrial que se libre de este polímero barato, asequible, funcional y de fácil elaboración. Más de 8.000 millones de toneladas han sido fabricadas por los humanos desde entonces.

Ligero, con enorme capacidad para deformarse sin llegar a romperse, normalmente impermeable, excelente como aislante y con increíble resistencia al deterioro, es un material capaz incluso de resistirse a los ácidos más corrosivos. Un invento del diablo, vamos. Y los formatos inacabables: baquelita, PVC, caucho, linóleo, celuloide, PET, prolipropileno, HDPE… Aunque también los hay de origen natural, es decir extraídos de animales, vegetales e incluso bacterias, como el almidón, la celulosa, proteínas o hidratos de carbono. Y naturales modificados, como el acetato de celulosa.

Los peligrosos microplásticos son fragmentos inferiores a 5 mm, aunque ya es habitual encontrarlos de apenas una micra, es decir, del tamaño de una bacteria. Pueden producirse por la rotura de trozos grandes o fabricarse como microesferas para productos de higiene y limpieza, fertilizantes, fitosanitarios, cosméticos, pinturas…. Se calcula que cada 100ml pueden contener entre 130.000 y 2,8 millones de estas microesferas que llegan al mar a través de nuestros desagües y no pueden ser atrapadas por los filtros de las depuradoras. La ONU, en el 2017, cuantificó en 51.000 millones las partículas que flotan en los sistemas marinos.

Los animales marinos están ingiriendo estos microplásticos provocándoles problemas gastrointestinales y alteraciones en sus patrones de alimentación y reproducción. Pero ya hay evidencias de que llegan a nuestros platos. Sí, comemos unas 100.000 partículas de plástico al año, más o menos una tarjeta del banco a la semana, que pasan por nuestro tracto gastrointestinal provocando alteraciones en el microbioma asociadas con enfermedades como la diabetes, la obesidad o la enfermedad hepática crónica.

Otro estudio conjunto entre las universidades de Nanjing (China) y el Instituto de Oceanografía Scripps (California), publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, cuantifica la preocupante magnitud del problema marino y su evolución en los próximos años. Pero no aprendemos. La todavía vigente problemática del Covid ya ha producido 8 millones de toneladas de basura, parte de la cual ha ido directamente al mar, más de 25 mil toneladas calculan.

En tres o cuatro años gran parte de estos desechos plásticos oceánicos llegará a las playas o al lecho marino y una parte más pequeña irá a mar abierto. La mayor parte de los residuos plásticos mundiales que entran en el océano proceden de los residuos hospitalarios.

El modelo que han creado estas universidades simula los movimientos de los plásticos por el mar, dónde se acumulan, como se degradan con la luz solar, se mezclan con el plancton o son devueltos a las playas llegando hasta los lugares más remotos y protegidos. Así lo evidencian investigadores españoles, los primeros en hallar microplásticos en agua dulce de la Antártida, fibras de poliéster y acrílico y películas de politetrafluoroetileno, según publicaron en la revista Marine Pollution Bulletin.

Hoy, en nuestras pretendidamente concienciadas ciudades andamos rodeados de contenedores amarillos y publicidad por un tubo para reciclar este elemento. Pero, solo el 30% del plástico se recicla en España. Muchos plásticos simplemente no son reciclables, como las bolsas de patatas fritas y similares, los cepillos de dientes, los cubiertos, las bosas de los supermercados, las bandejas de porex pan, las pajitas de los refrescos…. Y la inercia industrial es tremenda, inasequible a los frenos de la conciencia sostenible.

Ocuparnos de las causas sería mucho más efectivo que limpiar, pero nosotros, los humanos, somos más de reaccionar que de prevenir. La industria sigue el ritmo fácil del beneficio más inmediato, los políticos el del dinero que le pone la industria en bandeja de plástico, para que se interpongan lo menos posible en sus balances anuales.

El contrapunto lo pone esta empresa mexicana con capital norteamericano, Plastikgas, que instalará su primera planta en Galápagos (Ecuador), una factoría para transformar plástico reciclado en combustible del bueno, certificado por PEMEX. Como el plástico es un producto muy refinado, la gasolina que se obtiene resulta de un octanaje altísimo, 102 octanos y, además, libre de plomo, azufre y otros metales pesados, por lo que sus emisiones no contaminan, no hay humos. La planta transformadora funciona mecánicamente, es decir que no precisa de elementos químicos en el proceso y puede transformar hasta siete tipos de plásticos diferentes con costes de producción inferiores a la que se elabora extrayendo petróleo. Edgard Padilla se llama el inventor.

Pero en esta era del plásticoceno en la que vivimos, los consumidores también tenemos parte de responsabilidad y los ciudadanos de a pie podemos cambiar hábitos de consumo, influir en los patrones industriales dejando de lado a productos, corporaciones y políticos irresponsables. Lo más cómodo y lo más barato rara vez es lo mejor.