Lo que no nos cuentan del coche eléctrico

Rafa Martín
Exconsultor en Aprendizaje

En nuestras grandes ciudades, cada vez más acosadas por la contaminación, parece que la apuesta por el coche eléctrico es inapelable. Si en el 2019 las ventas de eléctricos se doblaron con respecto al año anterior, este 2020 se han triplicado.

Para desplazamientos cortos e incluso para medianos, los actuales modelos con autonomía para más de 600 kms, han alcanzado el punto de inflexión necesario y van camino de convertirse en los utilitarios de un presente que se va llenando poco a poco de puntos de recarga y subvenciones o ayudas.

Otra cosa será la industria y el transporte intermodal de mercancías, pero el ciudadano que utilizará vehículos de movilidad personal, deberá pensar ya en hacerlo mediante vehículos eléctricos, de propiedad o de alquiler, pero sin añadir contaminación adicional por el tubo de escape en unas ciudades que solo pueden acelerar en esa carrera contrarreloj y contra el aire tóxico y el cambio climático.

Sin duda faltan todavía electrolineras que acaben de dar la consistencia imprescindible a esta transición y permitan que el eléctrico se aventure por carreteras, pero los números indican que el proceso es imparable. En España, muy lejos de los países nórdicos, Alemania o incluso de China, en este año 2020 se han vendido unos 20.000 coches eléctricos. Descontando las motos, sector en el que Silentium corres que se las pela, el pequeño Renault ZOE, el SUV Hyundai Kona, el utilitario Nissan Leaf o el elitista Tesla Model 3, han copado el ranking de esta tabla de eléctricos puros equipados con baterías de litio.

No hay marca que no esté enredada en producir eléctricos y, es verdad que estos vehículos no tienen tubo de escape por que salen partículas Sox, Nox, CO2 y otras toxicidades, pero afirmar que un coche eléctrico no tiene emisiones y es amigable con el medio ambiente, es algo más que una de las mentiras del marketing.

Hay científicos que pregonan en el desierto, como Cristoph Buchal de la Universidad de Colonia, al que el Instituto Ifo de Munich le publicó un estudio en el que demuestra que los vehículos eléctricos tienen emisiones totales de CO2 significativamente más altas, incluso que los coches con motores diésel que tanto hemos demonizado.

Para la construcción de un vehículo eléctrico se erosiona seriamente el planeta. Se gasta una ingente cantidad de energía para la extracción y el procesamiento de litio, cobalto, manganeso y otras materias primas que son imprescindibles para las baterías. Y sin descontar las que se derivan de la construcción de gigafactorías e instalaciones. Las baterías son un elemento que debe ser repuesto con cierta frecuencia si se desea que el vehículo mantenga sus prestaciones y autonomía.

Son emisiones muy importantes que deberíamos contabilizar por cada kilómetro recorrido en esa comparativa que se hace contra la sostenibilidad de los vehículos convencionales propulsados por los combustibles fósiles de toda la vida. De la misma manera, deberíamos incorporar todas las emisiones que provienen de la fabricación de todos los elementos del vehículo: motores, ruedas, asientos, cristales y demás accesorios que, en este caso, lo son tanto para un eléctrico como para un vehículo por combustión térmica.

Como también debemos incorporar, en ambos casos, la contaminación que supone el desballestamiento y reciclaje de las partes del vehículo una vez finalizada su vida útil. Pero en el caso de los vehículos eléctricos, los datos tóxicos se tornan altamente venenosos al tratarse de elementos tan problemáticos como el litio y sus letales compañeros para la reacción química.

El cálculo parece que tampoco quiere contemplar el coste social derivado de la explotación que sufren tantas personas que, en infracondiciones laborales y humanas, extraen estas materias primas en muchos países del tercer mundo. O la expropiación del territorio a pueblos indígenas que han tenido la mala suerte de tener en sus tierras estos tesoros para el negocio del mundo desarrollado, smartphones, ordenadores y demás parafernalia incluida.

También deberíamos incluir en este balance de sostenibilidad los daños y costes que se producen en los accidentes en los que están involucrados estos vehículos. Si se incendia una batería de litio, tras un accidente, las emisiones de gases son tan peligrosas que podrían causar la muerte por inhalación en poco tiempo. Esto quiere decir que los medios y recursos necesarios para la extinción deben ser sofisticados y necesariamente caros.

Puede que comprando y desplazándonos con estos vehículos eléctricos nos creamos que somos más verdes que el increíble Hulk, pero, a estas alturas, ya deberíamos saber que tanto la industria como los políticos no solo no nos cuentan toda la verdad, sino que disponen de la habilidad y los medios oportunos para imponernos el relato que más les interesa.

Hay que reconocer que estamos en el inicio del camino de la electrificación y queda mucha innovación y desarrollo pendiente. El camino más largo empieza con el primer paso y este es un peaje que seguramente debemos pagar. El hidrógeno o los combustibles sintéticos son todavía soluciones poco rentables en comparación a la electrificación por litio, y tampoco están libres de perjudiciales efectos, pero si incorporamos todas las métricas, quizás atinaremos con el mejor mix energético posible.

Aunque solo la fuerte inversión en investigación y desarrollo de la mano de la responsabilidad social, nos permitirá encontrar alternativas verdaderamente sostenibles. Disponemos de la tecnología y el conocimiento, habrá que ver si el negocio y el retorno de inversión codicioso nos lo permiten.

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