Quemando el futuro

Rafa Martín
Exconsultor en Aprendizaje
motomorfosis.es

No es la primera vez, ni será la última, que advierto lo difícil que nos resulta frenar las enormes inercias que nos arrastran a un escenario catastrófico por una crisis climática más que evidente, un desastre inducido por la irresponsabilidad humana que está afectando a todas las regiones de la Tierra de múltiples formas, aunque no pocos quieran negarse a verlas y los responsables a actuar en consecuencia.

En Ávila se acaban de quemar 23.000 ha, y sólo en Grecia se han quemado 56.000 ha en 10 días cuando el año pasado, en total, se quemaron 1.700 en todo el país. Los “superincendios”, que devoran masa forestal y biodiversidad a destajo, desbordan la capacidad de extinción actual y se replican en Turquía, Italia, Canadá, EE UU … como lo hicieran antes en Valencia, Portugal, Australia, Siberia… Lamentablemente se han convertido ya en algo habitual a causa de la sequía y las altas temperaturas que buscan marcar récords históricos con olas de calor cada vez más abundantes. Y parece que lo peor está por llegar.

Las devastadoras inundaciones que han sorprendido a nuestros vecinos de Bélgica y Alemania en zonas insólitas no son sucesos aislados, más bien un patrón que muestra una curva ascendente y global, México, India, China… Aquí, en España, hay zonas, como Murcia o Alicante (las últimas superaron los 50 litros/m2 en menos de 10 minutos), en las que ya llueve sobre mojado. Pero no son las únicas y el fenómeno se repetirá con más frecuencia e intensidad cada año. Se calcula que las precipitaciones extremas diarias crecerán un 7%/día por cada grado centígrado de calentamiento mundial.

El deshielo de los polos terrestres, en la Antártida y en Groenlandia, ha alcanzado el punto de irreversibilidad. El Polo Norte, en los últimos 40 años, ha perdido más del 40% de la superficie helada, pero está ocurriendo lo mismo en los glaciares de todo el planeta, Pirineos incluidos. Y se prevé, además, que continúe la liberación del carbono almacenado en los suelos helados (permafrost) a medida que se deshielen, descontando la aceleración del calentamiento por la diminución de la capacidad de reflejar la luz solar al menguar la superficie blanca.

El consecuente aumento del nivel del mar (3,7 milímetros al año entre el 2006 y el 2018) incrementa la erosión costera y eleva las marejadas que, junto al calentamiento del aire y del mar, ocasionan tormentas más frecuentes e intensas como huracanes, ciclones y tifones. Los cambios en los océanos, incluidas las olas de calor marinas más frecuentes, la acidificación de las aguas y la reducción de los niveles de oxígeno, afectan tanto a los ecosistemas oceánicos como a las personas que dependen de ellos, y continuarán al menos durante el resto de este siglo, aunque reduzcamos emisiones drásticamente, no descartándose el colapso de la circulación oceánica con tremendas consecuencias.

Según estimaciones del Banco Mundial, el desastre climático provocado por la actividad humana influirá en los patrones de migración alcanzando hasta 143 millones de personas para el 2050. Pese a tantas señales de alarma, nuestros dirigentes y milmillonarios siguen sin reaccionar más allá de declaraciones efectistas y tímidas iniciativas para la galería. Continuamos produciendo y consumiendo como si tuviéramos otro planeta en la reserva. El pasado mes de julio, el día 29 concretamente, alcanzamos el consumo de bienes naturales que la Tierra es capaz de generar en un año completo.

Sobre consumimos los recursos naturales, corrompemos ríos, colapsamos los océanos de plástico, batimos récords de emisiones año tras año… En poco más de una década, el volumen de emisiones acumuladas en la atmósfera impedirá limitar el calentamiento a los objetivos climáticos marcados el acuerdo de París. En los dos siglos que llevamos de industrialización hemos emitido 2.390 GtCO2, pero persistimos en el paradigma económico-industrial que pone de manifiesto que no tenemos claras las prioridades.

Europa es una zona de alto riesgo climático y nuestra Península su punto más crítico, pero seguimos enganchados a los combustibles fósiles. En Barcelona, sin ir más lejos, andamos enredados en la ampliación del aeropuerto de El Prat a costa de sacrificar un poco más un espacio natural protegido del Delta del Llobregat muy acosado ya de infraestructuras de alto impacto ambiental, como el puerto y sus cruceros, las carreteras y autopistas repletas de camiones o el mismo aeropuerto que pretende crecer para atraer más turismo y pasar de 50 a 70 millones de pasajeros anuales.

Barcelona ya recibe casi 10 millones de turistas cada año. Hay de todo, pero si te paseas por la Barceloneta en pleno mes de agosto, sorteando vómitos, meadas y borrachos, no te costará darte cuenta que no solo es imperativo decidir qué tipo de turismo queremos, también donde poner los límites que los ciudadanos y el propio planeta pueden soportar.

Los aviones son, por mucho, el medio de transporte más contaminante que tenemos y la ampliación del aeropuerto nos aleja más a todos los barceloneses de nuestros objetivos de descarbonización, de nuestra salud y bienestar amenazados por una contaminación que se ha convertido en crónica para envenenar sistemáticamente el aire que respiramos. De Barcelona a Madrid, o viceversa, un avión emite unos 99 kg de CO2/pasajero. En tren las emisiones son de 4,8 kg CO2/pasajero.

El calendario viene con prisas, todos estos hechos están conectados hacia la calamidad y no son descartables respuestas abruptas del clima que superen los puntos inflexión previstos y lo acelere todo. El 2050 no solo se antoja una fecha demasiado lejana para alcanzar la neutralidad en emisiones y evitar que el calentamiento alcance los 1,5ºC sobre la era preindustrial. A la vista de nuestra capacidad de reacción global, parce más utópico que posible.

Los negacionistas, por dinero e intereses políticos o por prejuicios y creencias equivocadas, coinciden todos en la estupidez, pero han conseguido impedir que el sentido común se instale abocándonos a un escenario distópico y apocalíptico a medida que seguimos aumentando el calentamiento que han elevado las temperaturas en la superficie de la Tierra en 1,07 ºC (en el período 2010-2019 respecto a 1850-1900). 

Ante esta miopía general de políticos y grandes empresas (100 multinacionales son responsables del 60% de las emisiones), los científicos y expertos de la ONU nos han puesto delante de las narices el último informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), alertándonos que incluso con una fuerte y sostenida reducción de emisiones y actividad industrial tóxica, estabilizar las temperaturas y el sistema climático podría tardar de 20 a 30 años. Desacelerar no es negociable para el futuro, reinventarnos una oportunidad.

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