El gap entre la formación universitaria y las necesidades logísticas

Cuando las necesidades profesionales coinciden en una única área temática, la universidad suele resolverlo más o menos adecuadamente. Pero cuando los intereses profesionales no están alineados con una única área de conocimiento, la desalineación es manifiesta. Es el caso de la logística.

Hace años (bastantes) colaboré con una universidad pública en el diseño de un programa para una nueva titulación vinculada con la logística, el equivalente a lo que hoy sería un grado propio.

En una de las reuniones, repasando la totalidad de los contenidos que se iban a impartir, hice la observación de que no había ningún módulo formativo ni tema en el programa relacionado con el almacenaje que, obviamente, es una de las funciones primordiales de la gestión de las cadenas de suministro. La respuesta (la expreso de forma muy simplificada) fue “tenemos que crear la titulación a coste cero para la universidad y no tenemos ningún profesor que pueda explicar almacenaje”.

Esta situación quedaría en lo anecdótico, básicamente porque logré convencerles de la necesidad de incluir un módulo de almacenaje y manutención, si no fuera porque es un claro ejemplo de un problema sistémico en la formación en este país: la disociación entre los contenidos formativos y las necesidades sectoriales.

Las universidades están organizadas por ámbitos de conocimiento. Tenemos facultades o escuelas de física, de arquitectura, de ingeniería, de bellas artes… Y dentro de estas facultades también se organizan por departamentos en base al conocimiento: departamento de organización de empresas, de matemática aplicada, de antropología social, etc.

Cuando las necesidades profesionales coinciden en una única área temática, la universidad suele resolverlo más o menos adecuadamente: si quiero estudiar físicas, voy a la facultad de física. Pero cuando los intereses profesionales no están alineados con una única área de conocimiento, la desalineación es manifiesta.

Es el caso de la logística, los conocimientos de la cual incluyen temas de administración de empresas, de transporte, de operaciones o de optimización, entre otros, y donde no me consta que haya una facultad de logística en ninguna universidad en este país.

Existen un buen puñado de titulaciones universitarias vinculadas con la logística, de grado, másteres universitarios, másteres profesionales y estudios de posgrado con nombres variados: supply chain management, logística integral, transporte y logística, ingeniería logística, logística empresarial, etc.

En la mayoría de los casos se trata de títulos impartidos por universidades privadas o de títulos propios impartidos por universidades públicas. La pregunta es ¿están los contenidos de estas titulaciones adaptados a las necesidades del sector?

Cuando contactamos con los directivos del sector, siempre nos ponen de manifiesto la dificultad que tienen para encontrar talento, para contratar profesionales con los conocimientos adecuados como para asumir funciones de responsabilidad.

Teniendo en cuenta que el logístico es un ámbito en crecimiento, lleno de oportunidades, con salarios por encima de la media, con retos globales importantes como la descarbonización, la resiliencia o la digitalización, en pleno desarrollo tecnológico, sorprende que no se produzca un mayor interés. Quizás tengamos que prestar más atención a las etapas formativas.

Resolver el gap requiere de tres tipos de actuaciones. En primer lugar, la universidad debe aproximarse al mercado real e identificar las necesidades del sector y adaptarse a estas; en segundo lugar, el sector logístico debe hacer patentes sus necesidades formativas de una forma proactiva; en tercer lugar, los alumnos deben ser capaces de identificar qué itinerarios curriculares, de entre la oferta existente, les van a posicionar mejor para el mercado laboral.

El ejemplo con el que he comenzado este texto es un claro ejemplo de que la universidad (y especialmente la pública, ya que en la privada sucede menos) a veces crea los itinerarios formativos en base a sus capacidades (lo que sabe explicar) y no en base a las necesidades reales (lo que necesitan las empresas). Resolverlo es complicado, puesto que requiere “americanizar” la universidad, esto es, hacerla más dependiente de los fondos privados, con lo que tenderá a satisfacer en mayor medida las necesidades de sus benefactores.

Sin embargo, una dependencia mayor de la financiación privada redundará en una menor neutralidad y, en el fondo, va contra la propia esencia de la universidad pública. Esta vía es muy complicada y, mal entendida, incluso contraproducente.

Las empresas logísticas y los centros formativos deben resolver el gap para encontrar y facilitar talento
Las empresas logísticas y los centros formativos deben resolver el gap para encontrar y facilitar talento

Que el sector logístico haga partícipe a la universidad de sus necesidades y, en consecuencia, facilite el proceso de adaptación de estas al mercado implica un trabajo colaborativo de todos cuantos formamos parte del sector logístico.

El papel aquí de las asociaciones y de los colegios profesionales es crucial para coordinar este tipo de iniciativas y elaborar un “manifiesto” claro de las necesidades que deben cubrir los itinerarios formativos. Es complicado que nos pongamos de acuerdo, pero es posibilista.

Me voy a entretener más en el tercer tipo de actuaciones, ya que dudo mucho que a estas alturas pueda cambiar la manera de actuar de las universidades o del sector logístico. Me queda alguna esperanza de poder ayudar a los estudiantes a enfocar su futuro.

Hace tiempo un profesor me hizo un comentario que, aunque no comparto, sí que me ha hecho reflexionar mucho sobre la docencia. Me dijo, “te equivocas: el alumno no es nuestro cliente, es nuestro producto; el cliente es la empresa que lo va a contratar”.

Si analizamos el proceso formativo desde esta perspectiva, las universidades deberían garantizar que el “producto” cumpla las especificaciones del sector logístico (control de calidad). Se hacen exámenes, pruebas, trabajos de fin de título, etc. Todo ello para verificar que el “producto” tiene garantías de calidad. Pero, ¿quién ha definido las especificaciones?, ¿dónde está la “voz del cliente”?, ¿consulta la universidad a los profesionales de forma continuada para definir los itinerarios académicos?, o ¿cómo sabemos que estas especificaciones (este plan formativo) cumple con las necesidades del mercado?

Personalmente, creo que un alumno que desea estudiar un máster o un posgrado de ámbito profesional debería plantearse dos preguntas antes de escoger.

La primera, ¿cómo se adaptan los contenidos del máster o posgrado a las necesidades del mercado? En un mundo que cambia rápidamente, la adaptación de los contenidos es crucial para ofrecer un “producto” que solvente las necesidades de las empresas y, por ende, que responda a los intereses de empleabilidad del alumno.

Desgraciadamente, en los másteres universitarios (oficiales) puesto que la titulación está homologada por el estado, los procesos de adaptación son extremadamente lentos, y si el mercado es dinámico, pueden quedar parcialmente obsoletos con cierta rapidez. En los másteres de formación permanente (propios) este proceso debería ser más ágil, pero ¿adopta la universidad métodos para garantizar una adaptación continua a los cambios?

La segunda, ¿cómo interactúan los profesores con el sector en el cual ejercen la formación? En la actualidad, todo el conocimiento del planeta está al alcance de cualquiera que tenga una conexión a Internet. Hace años que consultamos Google y ahora también ChatGPT u otros programas de inteligencia artificial. Cualquier necesidad de información sobre logística, transporte, almacenaje, cadenas de suministro, comercio internacional puede obtener respuesta con un simple acceso a un teclado y a una pantalla. 

Obviamente, hay que filtrar este conocimiento, puesto que hay mucha información falsa o sesgada, me diréis. Pero esto ha sucedido siempre: cuando iba a la universidad, también había que filtrar parte de lo que me explicaban.

Un máster o posgrado no debería competir en conocimientos, ya que ir contra Internet es una batalla perdida. ¿Qué me puede proporcionar un máster o posgrado que no pueda obtener en la red, viendo un vídeo sobre almacenes automatizados, leyendo un artículo sobre las últimas tendencias en transporte marítimo o visitando la web de una empresa que ofrece soluciones RFID para paquetería?

La respuesta es simple: experiencia, entendiendo experiencia como la suma de conocimientos más las percepciones, sentimientos y respuestas de las personas que los han aplicado. Las experiencias profesionales son el valor diferencial que una universidad puede dar a un alumno y que este no encontrará en Internet, por ello, debe convertirse en un factor decisivo en la selección de títulos.

En conclusión, existe una brecha importante entre las necesidades de formación del sector logístico y los itinerarios formativos universitarios. Es trabajo de todos poder eliminar este gap para atraer talento y nuevos valores a la gestión logística: las universidades deben ofrecer una formación más próxima a las necesidades sectoriales, el sector debe ser más proactivo en manifestar sus necesidades colectivas y los estudiantes de ser capaces de identificar que estudios se adaptan en mejor manera a su futuro vital y profesional.